Desde el primer momento que logró verla, y sentir que el viento se dividía en dos a su paso, supo que jamás, ni aun en sus pensamientos más ingenuos, intentaría deshacerse de ella. Su alegría fue tal ante el esperado y soñado regalo que plasmó en ella el nombre de la canción que tocaba su abuelo sentado en el sillón de mimbre esa tarde, “Violeta ausente”, marcando de esta forma el primer paso a una especial unión. Prefería, por el cariño que sentía hacia esta, llamarla solo Violeta. El solo hecho de imaginar llamarle ausente le causaba sentimientos de tristeza que, por su corta edad y ternura, podrían haber acabado en sollozos y amargas lágrimas en su pálido e infantil rostro.
Durante su niñez, y gracias a la compañía de su Violeta, logró acumular bastantes correrías que serían difíciles de enumerar. A la primera que hacia mención al hablar de sus andanzas ciclistas era al gran escape de los perros de la esquina de su pasaje. Pero como no agradecerle a su amiga, si el mismo vio como estos había dado muerte a Tuto, el perro del vecino. Jamás olvidó, además, el juego que le hubiese causado la pena más enorme del mundo, apostó su querida bicicleta en una carrera que parecía insuperable para Violeta. Para ganar debía recorrer las 10 cuadras hasta el parque que estaba fuera de la villa, tramo que acostumbraba a transitar raudamente todos los días. Se le sumaba la vuelta por el pasaje de los perros trayendo en las manos algo característico del parque, una rama de álamo, lo que dificultaba más la carrera. La competencia fue dura y extenuante, pero siempre confió en su compañera, la que le entregó el triunfo. Este no llegó tan fácil, debió correr con todas sus fuerzas para no perder su más preciado tesoro. Las arengas proferidas a Violeta, según el, le llevaron a ganar una carrera donde no tenia la más mínima posibilidad ante sus modernas contrincantes preparadas para una situación como esa. ¿Y su trofeo? Como imaginaba el dolor de una pérdida semejante, no lo tomó, lo que transformó de sopetón el rostro de su vecino, ya invadido por la pena de pensarse sin correr en su bicicleta todos los días hacia la fábrica abandonada para jugar y cazar lagartijas.
La historia más triste que acrecentó sus aventuras fue cuando este, incitado por sus amigos de colegio, fueron a observar a algunas compañeras mientras tomaban una ducha en el camarín más solitario del establecimiento. Craso error para este y su amante de dos ruedas, puesto que la experiencia visual adolescente de esa tarde no se comparó con el costo pagado, Violeta había desaparecido. Irónicamente paso a ser su “Violeta Ausente”.
Buscó por todos lados, en el patio del colegio, preguntó a quienes podían haberla visto en manos del nuevo beneficiado con las bendiciones de casi volar en sus dos ruedas, pero no hubo respuesta positiva para el mentado entuerto.
Luego de llorarla dos semanas seguidas, cosa que le causó un cuadro de fiebre que le mantuvo en cama sin poder siquiera mirarla por los estrechos pasajes de la villa aledaña, logró recuperarse. Con sus deseos ya resignados y volcados en la desesperanza de su desaparición que le parecía eterna, con el alma adolorida y el corazón trizado, decidió buscar otra, la cual jamás la reemplazarla, pero por lo menos ayudaría a mitigar la pena.
La historia del amor con Violeta podría haber terminado con el triste final de su pérdida, su perceptible y dolorosa ausencia, pero no fue así. Una tarde de resignación, esperando a un amigo que le llevaría una bicicleta con características similares a su ausente compañera, sucedió el milagro más grande para un adolescente que había gestado la conexión más intima con su tan especial pareja. Al llegar su amigo con el esperado encargo, y luego de revisarla minuciosamente, no dudó que era su Violeta. La marca en la llanta de cuando rodó junto a ella frente a su casa, sus iniciales bajo el sillín, la pintura raspada en la horquilla, etc. Todo, incluyendo su agitado corazón, le aseguraba que era ella.
Si bien esta le pertenecía por derechos de propiedad anteriores al reencuentro, como además por sentimientos difíciles de narrar en un par de líneas, su nuevo dueño, contrario a lo que pensaba el circunstancial comprador, aseguraba que no podían arrebatarle a Violeta. Aunque ya se a esbozado el final alegre de esta historia, no podemos pasar por alto que para ello, el reencuentro soñado, se debió pagar un costo necesario y previsto de ante mano entre el nuevo y antiguo dueño de Violeta.
La recuperación de Violeta, por lo tanto, resultó más barata de lo esperado, pues para volver a tenerla no desembolsó el dinero que reunió laboriosamente por meses, sino que, asumiendo una actitud poco razonable a su contextura para esta situación, solo le costó 3 días en el hospital, varias cajas de anti inflamatorios, una costilla rota y un par de moretones, precio que según su primer dueño, era muy inferior a lo que se pedía por ella. Todo se hace entendible comprendiendo que no solo pagaba por recuperarla, sino que pagaba por el reencuentro y más aun la felicidad, aunque suene ilógico a nuestros oídos y mentes adultas, de Violeta y de el.

Comentarios
cesarvill
espero que visistes el mio: http://jardindeparpados.blogspot.com